sábado, 17 de marzo de 2018

Cataluña y España: el fondo de la cuestión. Qué es la solución federal.


            Nos encontramos a menudo con elementos que existen sólo porque existe su opuesto, y lo mismo podemos decir a la inversa: sus opuestos existen sólo en virtud de que ellos existen. En tales casos, es la relación mutua entre un elemento y su opuesto lo que sustenta la naturaleza individual de cada uno de ellos; naturaleza que desaparece, por tanto, si los intentamos considerar por separado. Por ejemplo, en el fútbol ocurre esto cuando hablamos de “equipo atacante” y “equipo defensor”. Decir que hay un equipo en el terreno de juego, añadir que está en posesión de la pelota y finalmente afirmar que este equipo está “atacando” sólo tiene sentido si, a la vez, hay otro equipo en el campo que no tiene la posesión y “defienden” su puerta (y lo mismo ocurre a la inversa: no hay equipo defensor si no hay equipo atacante). Es la relación mutua entre ambos elementos, el equipo atacante y el equipo defensor, la que les confiere sus naturalezas respectivas (de atacante y de defensor). Y lo mismo que sucede en este ejemplo se puede encontrar en centenares de otras situaciones cotidianas, aunque quizá no nos hayamos nunca parado a pensarlo (por ejemplo, en un proceso de compra-venta: no hay comprador si no hay vendedor, y viceversa).

            El ejemplo del fútbol, sin embargo, es particularmente interesante porque reviste de una característica clave: es un tipo de relación entre opuestos no estática, sino dinámica. Me explico: entre ambos opuestos (recordemos: equipo atacante y equipo defensor) existe una tensión que empuja con más o menos vehemencia a que la situación evolucione en el tiempo, a que el sistema se reconfigure o reacomode y, fruto de esa relación “tensa” entre opuestos, se produzcan cambios, sutiles o evidentes, drásticos o leves. Por ejemplo, el equipo defensor puede hacer una falta, y entonces el tipo de ataque pasará a ser distinto, con un disparo directo o indirecto a puerta. También puede, sencillamente, perder la posesión de la pelota el equipo atacante, en cuyo caso los roles se invierten y pasaría a ser defensor. Finalmente, si los atacantes logran su objetivo principal, o sea, marcar gol, entonces también pierden la posesión, pero pasarán a ser defensores en condiciones claramente alteradas: con un tanto más a su favor en el marcador.

            ¿A dónde conduce toda esta reflexión sobre sistemas de opuestos interdependientes, que evolucionan fruto de la tensión que existe entre ellos?

            Como queremos examinar la problemática actual de lo que algunos han dado en denominar “la cuestión catalana”, esto es, un problema de naturaleza social, comenzaré por señalar uno de los ejemplos más conocidos de estos “sistemas de opuestos”, justamente, en el ámbito social. A saber, la relación que existe entre explotados y explotadores. No tiene sentido hablar de explotador si no hay alguien que esté siendo explotado; asimismo, tampoco podría existir nadie con el atributo de “explotado” si, a su vez, no hubiera otro que lo explotara. Resulta claro como el agua que esta relación es, también, de tipo “dinámico”, es decir: la tensión que existe entre estos opuestos (los “explotados” y los “explotadores”) produce eventualmente cambios, reconfiguraciones del sistema, deslizamientos de placas que, a veces, llegan a ser tan vigorosos que –digamos– se produce el terremoto y se subvierte todo el sistema: el grupo de antiguos explotados pasa a convertirse en nuevo grupo explotador. De procesos de este tipo, llamados comúnmente “revoluciones”, la Historia está llena.

            Pero recordemos que antes, cuando hablábamos del ejemplo del fútbol, hemos puesto en relieve la posibilidad de que tengan lugar diferentes evoluciones dinámicas y posterior reconfiguración de los sistemas, fruto de la tensión entre las fuerzas enfrentadas: a veces, sencillamente el defensor acaba robando el balón a los atacantes; en otras ocasiones, al intentarlo, hace una falta y no sólo el atacante inicial recupera la posesión, sino que el defensor se ve obligado a sufrir un disparo de castigo; y también puede suceder, en fin, que los atacantes marquen un gol, lo cual constituye una manera dudosamente ventajosa de lograr hacerse, el defensor, con la posesión de la pelota.

            Un gol, hablemos claro, es lo que el “equipo” de los explotadores de España (incluyendo a Cataluña) le ha metido por la escuadra al equipo de los explotados, los cuales constituyen, cabe subrayarlo, la inmensa mayoría de la población (tanto en España como en Cataluña). Aclaremos esto: en la relación complicada y potencialmente “sísmica” entre los explotadores y los explotados, no habrá peligro para los primeros si los segundos se despistan y pierden la conciencia de cómo y por quién están siendo explotados. Si los explotadores, cuyos tentáculos de poder son cuasi omnímodos (y, entre otras cosas, están firmemente adheridos a los medios de información y desinformación), logran desviar la atención de los explotados hacia algún dilema relativamente inofensivo que los encandile y obsesione, y los mantenga ocupados intentando poco menos que la cuadratura del círculo, entonces habrán logrado asegurar su posición, garantizar que seguirán ganando la partida económica –pues tal es la naturaleza de la explotación por antonomasia, inútil obviarlo– durante un largo periodo: por varios años, e incluso décadas.

            Y, ¿qué mejor manera de lograr este cometido, sino instrumentalizando otra relación dinámica de contrarios interdependientes cuya naturaleza también sea social pero –¡cuidado!– no económica?

            Estoy hablando, claro está, de los sentimientos identitarios enfrentados, tal como viene ocurriendo en la cuestión catalana en su último tramo a día de hoy; esto es, lo que se ha dado en llamar “el procés”. La relación entre atacantes y defensores, entre explotadores y explotados, ha cristalizado en una nueva y fiera relación entre opuestos: los sentimientos identitarios del separatismo catalán, por un lado, y los del malhadado “a por ellos” españolista (el de las cargas policiales y la judicialización de la política), por otro. Contrarios, éstos, que también se necesitan mutuamente para existir en las respectivas modalidades agresivas que hoy predominan. Y que, al igual que en los ejemplos anteriores, están en continua tensión y reconfiguración del sistema, es decir: constituyen un nuevo ejemplo de un conflicto de opuestos interdependientes, cuya evolución es un proceso dinámico que fluye por derroteros que, en este caso, son difícilmente predecibles a priori.

            Ahora bien, comparemos por un momento los dos conflictos de opuestos que hemos observado que existen hoy en la sociedad española y catalana. En primer lugar, el de naturaleza económica, entre “explotados” y “explotadores” –que exista en nuestra sociedad, por cierto, no tiene nada de particular, pues sabemos que esta dicotomía explotados-explotadores es la radiografía económica de todas las sociedades en, cuando menos, la Europa occidental desde el siglo XVIII–. En segundo lugar, el conflicto de naturaleza identitaria, en su versión feroz de independentismo catalán unilateral contra españolismo represivo. Ambos sistemas de contrarios en pugna, el económico y el identitario, se hallan, a su vez, en relación entre sí. Y ello es así porque el segundo no es más que la instrumentalización de la cuestión identitaria llevada a cabo por una de las partes del primero (los “explotadores”), con objeto de crear una apariencia de problemática social seria (la identitaria), la cual enmascara el fondo de la verdadera naturaleza del problema, que es económico (la explotación). Y ello obedece, como he dicho algo más arriba, a la necesidad de la parte explotadora en tal conflicto (el “económico”) de hacer que la parte explotada pierda conciencia del verdadero juego al que se está jugando, y concentre todas sus energías, tiempo y espacio mental en el otro juego de contrarios (el identitario), lleno de contrastes muy claros y pasiones muy fácilmente inflamables –y, por ello mismo, tan instrumentalizable–, y así dejar campo libre a los explotadores –catalanes y españoles– para que puedan seguir cultivando tranquilamente su oficio, esto es: chuparle la sangre a los explotados.

            (Si alguien cree que exagero, haré un inciso para ir a los datos –si alguien, en cambio, ya sabe que no exagero, puede saltarse este párrafo con total confianza y pasar al siguiente–. En la columna “Pensamiento Crítico” del diario electrónico Público, el catedrático catalán de Ciencias Políticas y Sociales Vicenç Navarro nos informaba, el 30 de junio de 2017, de que a lo largo del periodo que va desde 2008 hasta 2016 «las rentas del Trabajo como porcentaje de todas las rentas en Catalunya bajaron del 50% al 46%, mientras que las rentas del capital subieron durante el mismo periodo del 42% al 45%. En otras palabras, mientras que las clases populares vieron como sus rentas disminuían, los súper-ricos, los ricos y las personas pudientes con elevados recursos las vieron aumentar». Sólo haré un comentario al respecto: el periodo señalado es el conocido como la Gran Recesión –la famosa “crisis”, vaya, de la que ahora algunos proclaman que estamos saliendo–. A su vez, lo que se llama “el procés” arranca en 2010. Crisis, sí… pero ¿crisis para quién?).

            Voy a ilustrar mi análisis de toda esta situación con una única imagen, muy breve y sencilla, que puede hacer las veces de resumen de la misma. Podría parecer que las fuerzas independentistas del “procés” (Junts pel Sí y la CUP) estiraban de la cuerda en una dirección, y que sus enemigos frontales (digamos: el PP y Ciudadanos, aunque al cabo también haya que añadir, pese a algunos amagos, al PSOE/PSC) estiraban en sentido opuesto de la misma cuerda. Esta imagen es miserablemente falsa e induce a engaño. Lo que en realidad aquí ocurre, si se examina bien la cuestión, es que la cuerda de la que los unos estiran está atada al borde de una rueda, y la cuerda de la que estiran los otros está atada al borde diametralmente opuesto de la misma rueda, y así, aunque parezca que unos tiran hacia Gerona y los otros hacia Badajoz, en realidad ambos no hacen más que poner la rueda a girar. ¿Y sobre quién se apoya el eje de esta rueda que gira? Sobre las cabezas de la inmensa mayoría, tanto de catalanes como españoles, cabezas que son machacadas con el giro de la rueda, como se machaca el fruto bajo las ruedas del molino, para sacarle todo el jugo y deshacernos, después, de la pulpa.

            Llevo observando todo el “procés” a la luz de este análisis desde hace ya mucho tiempo. Si no me había decidido a ponerlo todo negro sobre blanco había sido, quizá, para no echar más leña al fuego y no hacerme más mala sangre, cosa que, por desgracia, me cuesta últimamente evitar a causa, a menudo, de cosas tan cotidianas como abrir un periódico.

            Anoche, sin embargo, algo me hizo modificar mi decisión. Fui, bastante animado, a un acto en la ciudad de Barcelona al que asistieron unas ciento veinte personas, en el cual se hablaba de federalismo como respuesta a toda la problemática de la “cuestión catalana”. Pese a que mucho de lo que allí se dijo me pareció, por unos u otros motivos, sumamente acertado, eché de menos una exposición clara y concisa, desde un pensamiento de izquierdas –que era el que profesábamos los allí reunidos–, de qué modelo federal para España resolvería este problema, y por qué.

            Pero no pedí la palabra porque, sinceramente, no confiaba en mi capacidad de explicarlo de manera concisa y sucinta, y a la vez con la claridad y el énfasis necesarios para que quien me oyera se persuadiera de mis razones y las pudiera usar en lo sucesivo en foros sobre la cuestión catalana o un nuevo modelo territorial para España. Y es por ello que al fin, solo y ya en casa, me ha faltado tiempo para llevar mi reflexión al papel: al objeto de hacerla llegar a quienes se digan de izquierdas y federalistas, pero hallen que la senda que de ello resulta parece presentar perfiles brumosos, excesivamente poco definidos en algunos aspectos.

            Nada de eso: el camino, y nuestra tarea, está sumamente claro (otra cosa será la habilidad que mostremos al poner manos a la obra). Veamos por qué. Si se han seguido todos mis razonamientos hasta aquí, se recordará que existe ya instalada en la sociedad española y catalana una doble problemática: la genuina y propiamente estructural de este tipo de sociedad, de naturaleza económica, que enfrenta a explotados y explotadores, y una “emanación” o “efluvio” interesado de ella, la de naturaleza identitaria, que enfrenta –simplificaré los términos empleados, por brevedad– al “independentismo unilateral” con el “españolismo agresivo”, problemática que no es verdaderamente estructural sino espuria, una máscara distractora que convenía a una de las partes del conflicto económico, pero que se ha llegado ya a asentar con tanta vehemencia sobre la sociedad que ahora representa un grave problema en sí mismo, que ha venido para querer quedarse.

            Es casi una trivialidad descubrir, llegado este punto del razonamiento, que un modelo federal resuelve simultáneamente ambos problemas –o, siendo estrictos, supone un gigantesco avance en la resolución del económico y solventa en su práctica totalidad el identitario– siempre que tenga dos características básicas irrenunciables. La primera, que haya una fiscalidad única, férreamente blindada por la legislación federal, altamente progresiva, solidaria y redistributiva respetando ordinalidad, así como que cuente con un buen sistema público de sanidad, educación y pensiones, tal que ofrezca exactamente la misma calidad de servicio para cualquier ciudadano o ciudadana, viva éste en Barcelona o Jaén, en la ciudad o en el campo. Y la segunda característica consiste, obviamente, en transferir a las unidades federadas las competencias relativas a los rasgos culturales propios e identitarios.

            Aun siendo conscientes de que lo dicho es sólo el esbozo del plan y habría mucho más que decir en su desarrollo (y a ello habrá que ponerse con celeridad, antes de que despierte otra vez la bestia del “procés” y lo estropee todo aún más), pienso que las líneas generales del tipo de modelo federal necesario quedan ya lo suficientemente establecidas con la sencilla propuesta del párrafo precedente; pienso, asimismo, que en estas líneas generales se ha dejado muy claro también qué función cumple cada una de las dos características que se exigen: la primera se encamina a poner remedio al problema económico, y la segunda al identitario.

            Ahora bien, alguien podría objetar –como se ha objetado en el encuentro de hoy–: «Muy bonito, pero ¿y si la novia se niega?». A esta pregunta, no obstante, sí se ha dado una respuesta desde la mesa de ponentes, clara y contundente, en la reunión, la cual paso a transcribir al pie de la letra: «Si la novia se niega… habrá que cortejar a la novia».

            Digámoslo de forma explícita, pues no hay que entender de la anterior manera figurada de hablar, ni mucho menos, que se esté sugiriendo algo así como “engañar a la ciudadanía” para lograr su (digamos) “apoyo electoral”. Es justo al contrario. Es decir: la ciudadanía puede llegar por sí misma a ser consciente de sus malestares,  pero lo habitual es que esta conciencia tenga lugar de modo sintomático o superficial, y muy ciego será quien dé la espalda a la evidencia de que la clase propietaria, es decir, los explotadores, haciendo uso del omnímodo poder al que hacíamos mención más arriba, se encargará siempre de modelar la maquinaria social para que la mayoría constituida por los ciudadanos y ciudadanas que son explotados no sea capaz de ir más allá por sí misma (y, lo que quizá resulte aún peor, no desee ir más allá), y no trate de entender qué hay debajo de sus síntomas aparentes, de conocer cuáles son los verdaderos mecanismos ocultos con los que opera la explotación de la cual es objeto.

            Es nuestra misión, pues, en tanto que federalistas con ideología de izquierdas, no sólo la de preparar una propuesta de modelo territorial clara y no ambigua, siguiendo la línea de las dos características fundamentales que antes he enunciado y justificado,  sino también la de ir a las masas para hacer pedagogía de ese programa federalista; para ayudarles a que aprendan a mirar con profundidad, más allá de los síntomas externos; a que sepan quitar la máscara que sus explotadores han colocado sobre la realidad de su explotación, y comprendan el engaño del que han sido objeto; para poner, en suma, las cosas en su sitio y entender que la única solución del doble problema que hoy les aqueja es una república federal, solidaria y plurinacional.
                                                                                           
Pepe Ródenas Borja, 17 de marzo de 2018

jueves, 18 de mayo de 2017

¿Cómo aprendimos nuestra historia?

El autor del libro sobre el que hoy quisiera atraer vuestro interés empieza diciendo que él no es la persona idónea para llevar a cabo la investigación que se propone, pero que, a falta de la iniciativa de alguien más capacitado académicamente, se permite el atrevimiento de intentarlo.

Yo no comparto las conclusiones políticas que este señor extrajo de su propia investigación, pero le estaré eternamente agradecido por haberla emprendido, y por haber escrito un libro que nos enseña, con un lenguaje preciso y sencillo, la historia de mi tierra. Me refiero a Joan Fuster y su obra "Nosaltres els valencians" (1962).

Y lo asombroso es que él lo escribió y publicó durante la dictadura de Franco, mientras que Vicente y yo nacimos, crecimos y fuimos a la escuela en eso que se viene llamando "democracia". Pero algo debió de fallar en la educación recibida por nuestra generación, puesto que toda ella creció --por ejemplo-- creyendo a pies juntillas que a principios del siglo XVI los musulmanes habían desaparecido de la Península Ibérica.

El gran interés que tienen, a mi juicio, los dos pequeños fragmentos del libro de Fuster que hoy compartiré con vosotros radica en que arrojan bastante luz sobre algunos aspectos de lo que ocurre ahora mismo en España. Pero no quisiera contaminar vuestra lectura exponiendo aquí mis conclusiones precipitadamente. Antes bien, y siguiendo lo sugerido por la pregunta que titula esta entrada: ya que aprendimos mal nuestra historia (que eso nadie lo dude, ni aquí ni allá), reaprendámosla bien, ahora. Y eso empieza por hacer una lectura crítica y sosegada de los textos.

Así pues, apaguemos el televisor, doblemos la prensa hegemónica, alejémonos de las novelas calmantes, e impliquémonos activamente en la construcción de lo que Fuster nos ofrece.

Pues en eso sí confesaré estar de acuerdo con el autor, aunque no en el sentido estricto, quizá, que él quiso dar a sus palabras: es verdad que su obra resulta incompleta, y que es menester que alguien la venga a completar. Sólo que ese alguien, por fuerza, tendrá que ser el propio lector, desde una lectura activa, crítica y --por qué no-- creativa.

Sin más, aquí os presento mi traducción del texto original catalán:



Dos fragmentos de "Nosaltres, els valencians" (J. Fuster)

            «En las zonas rurales la revuelta tenía pábulos más profundos. El malestar agrario era tan viejo como el reino: ya en 1275 se registran los primeros disturbios por la posesión de tierras, y muchas perturbaciones medievales, todavía no estudiadas apenas, quizá insignificantes, tenían la misma causa. La Germanía[1] las continuaba. Existía, por un lado, el resentimiento del labrador contra el señor feudal. Pero, más aún, existía el resentimiento del labrador cristiano contra el labrador moro. Cabalmente los moros, reducidos a una servidumbre prácticamente absoluta, eran sin duda víctimas de una explotación más ignominiosa que la que pudiera sufrir el más desgraciado de los cristianos. El antagonismo religioso establecía entre unos y otros una aversión invencible. Pero el labriego cristiano, además, veía en el moro un competidor. Hombre de minifundio, codiciaba más tierra: la tierra que trabajaba el moro, aquel "extranjero". Y el moro la trabajaba en condiciones que el labriego cristiano no habría querido soportar. Los labriegos musulmanes tributaban a los señores de forma exorbitantemente desmesurada. Frugales, acostumbrados a un nivel de vida más bajo, no solamente podían resistir todo aquello, sino que además lo superaban con algún rendimiento. El labrador cristiano lo envidia. El moro, por otro lado, por su fidelidad al señor, parecía un cómplice del mismo feudalismo que lo oprimía: el feudalismo aborrecido por el cristiano libre».
(Traducido de: FUSTER, Joan. Nosaltres, els valencians. 1ª edición en la colección “labutxaca”. Barcelona: Edicions 62, 2010. Págs. 74 a 75. Año 1ª publicación de esta obra: 1962. ISBN: 978-84-9930-062-7).


            «Un edicto de 1502 ponía a los moros en la disyuntiva de bautizarse o de ser expulsados. Pero la Corona de Aragón quedó exenta de aplicarlo. Más aún: en las Cortes generales de Montsó, en 1510, el rey accedía a garantizar que los moros valencianos no serían "expulsados" ni obligados a hacerse cristianos. Era inevitable. En Aragón, y sobre todo en el País Valenciano, la economía agraria descansaba sobre la mano de obra musulmana, y una buena parte del pequeño comercio y de las actividades industriosas tenían asimismo su apoyo. Para la nobleza territorial esto era muy provechoso, dado que la mayoría de los moros eran vasallos suyos, y por tanto esta nobleza defendería con uñas y dientes una situación que le resultaba tan favorable».
 (Ibídem, pág. 82).





[1]  La revuelta de las Germanías fue un levantamiento de hermandades gremiales en contra de la nobleza que tuvo lugar en los reinos de Valencia y Mallorca a principios del S. XVI (nota del traductor).

sábado, 6 de mayo de 2017

Una herramienta para analizar los cambios sociales.

Al hilo de la entrada del 9 de noviembre de 2016, la cual pretendía erigirse como texto central entre todas aquellas ideas que nos gustaría ir compartiendo con vosotros (y que, aunque se llamó "manifiesto", era más bien una suerte de "manifiesto/programa"), vale la pena quizá profundizar en la reflexión sobre cómo es, una vez planteado un proyecto, el paso a la acción.

En este sentido, he plasmado en el breve artículo que os presentamos a continuación un enfoque, un intento de herramienta para el análisis teórico, sobre ciertas características que revisten los procesos del cambio social, principalmente considerado desde el punto de vista de sus supuestos actores-agentes.

Sobre ello, un breve comentario preliminar. Pese a que el título del texto menciona explícitamente los procesos revolucionarios, es cierto que con frecuencia he usado el enfoque propuesto para entender mejor otro tipo de procesos sociales, como por ejemplo los contactos entre culturas. Ello quizá debería haberme conducido a continuar el razonamiento del texto y considerar, explícitamente, la aplicación de sus planteamientos a algunos casos concretos. Pero lo cierto es que, en última instancia, me ha parecido mejor dejar abierta esa posibilidad al lector, evitando condicionar su propia reflexión al respecto, y considerando, además, que en cualquier caso siempre estoy a tiempo de retomar la cuestión en algún otro escrito futuro.

(Puedes descargar en pdf el artículo haciendo clic AQUÍ)



La termodinámica de la Revolución.

            Nunca he sido amigo de las metáforas que pretenden aplicar teorías físicas para entender hechos literarios, sociológicos o psicológicos. En general, me suelo sentir incómodo si alguien me habla o me hace hablar de relatividad o de física cuántica, excepto si mi interlocutor es también físico o matemático. Pese a ello, llevo algunas semanas dándole vueltas a una idea que cada vez me parece más interesante. Recientemente leí en el diario algo acerca de una reivindicación feminista que está ganando peso en la India, lo cual me llevó a pensar en todo ello otra vez, y me reafirmé en que lo que se me había ocurrido era un planteamiento  metodológico que podría llegar a ser muy fructífero.

            ¿De qué se trata? A grandes rasgos, de recordar lo que nos dice la termodinámica sobre los procesos reversibles y los procesos irreversibles, y usarlo para intentar entender mejor cómo son, y cómo pueden y no pueden ser, los procesos revolucionarios.

            En consecuencia, lo primero que debería hacer es tratar de ensayar una explicación, breve y sencilla, sobre la termodinámica de la (i)reversibilidad, intentando –en la medida de lo posible– que no traicione lo que sé o creo saber sobre el particular, pero a la vez esforzándome en construir una imagen no matemática, apta para un público sin formación científica, que conserve lo más relevante de la cuestión. Empresa ambiciosa, sin duda, pero quisiera intentarlo. Así que vamos allá.


            Imaginemos, pues, como punto de partida, un gas encerrado en un cilindro. De las dos paredes circulares del cilindro, una de ellas, digamos la superior o que hace de “techo”, es móvil (lo que se suele llamar un émbolo, como en una jeringa). Eso significa que si ejercemos externamente presión sobre esta pared superior (el “émbolo”), por ejemplo colocando una gran piedra sobre ella, el émbolo bajará y el gas se comprimirá. Este sencillo experimento es un ejemplo de lo que en termodinámica se conoce como un proceso irreversible. Ello significa que, aunque quitemos la piedra, el émbolo no volverá a subir espontáneamente hasta llegar a la situación inicial. Quizá suba un poco, pero nunca alcanzará la altura a la que se encontraba al principio del experimento.

            ¿Existe alguna forma de realizar este experimento de compresión del gas en el cilindro sin que el proceso sea irreversible? La termodinámica nos dice que sí, pero también dice que hay que pagar un precio para lograrlo. El modo reversible de hacer bajar el émbolo y comprimir el gas, en vez de poner una piedra de golpe sobre él, consiste en ir colocando, uno a uno, granitos de arena. Con calma y sin apresurarse, dejando que el sistema “se acostumbre” a cada nuevo grano depositado. Haciéndolo así, cuando hubiéramos colocado el número de granos equivalente a la piedra, sí podríamos revertir el proceso (“dar marcha atrás”) y empezar a quitar, uno a uno y con calma, todos los granitos, y el émbolo sí que subiría hasta llegar a su posición inicial. El proceso de compresión llevado a cabo de esta manera, grano a grano, sí que sería, en consecuencia, un proceso reversible.

            ¿Cuál es el precio que ha habido que pagar? Su duración. Así como el proceso irreversible, el de la piedra, es brusco y drástico, y sucede en tan sólo algunos segundos, el proceso reversible de los granitos de arena es muy suave y muy progresivo, y se podría alargar durante días e incluso meses, como se puede comprobar con un cálculo muy sencillo[1]. Técnicamente, de hecho, para que un proceso sea perfectamente reversible debería durar, según nos dice la termodinámica, un tiempo infinito; sería lo que se llama un “proceso cuasiestático”. Lo que nosotros estaríamos consiguiendo con los granos de arena constituiría en realidad un proceso aproximadamente reversible.

            Y hasta aquí todo lo que se necesita saber de física para seguir el resto de mi explicación. Lo que es importante recordar de todo ello es que la termodinámica nos dice claramente que un proceso nunca podrá ser reversible si es brusco, drástico y rápido. (O, visto al revés: que todo proceso brusco, drástico y rápido será irreversible). Y para que un proceso sea reversible es condición necesaria que sea muy suave, muy progresivo, y que se alargue mucho en el tiempo. Estrictamente, debería alargarse infinitamente en el tiempo, y eso parece querer decir que no puede existir ningún proceso de verdad reversible. Efectivamente: la termodinámica no se anda con chiquitas en esta cuestión: los procesos reversibles no existen en la realidad. Son una invención humana, algo que sólo tiene pleno significado en nuestra imaginación. Todo lo que ocurre en la naturaleza, en el Universo, en nuestras vidas, es en términos estrictos irreversible. (Que cada uno haga la lectura personal que crea conveniente de esta importante enseñanza de la termodinámica, ciencia menos conocida que otras, pero a la cual no en vano Albert Einstein denominaba “el poder legislativo de la física”).

            ¿Qué sentido tiene, pues, hablar de reversibilidad, si tales procesos no existen, si todo lo que ocurre es en el fondo irreversible? Bueno, tiene sentido porque, aunque ningún proceso es puramente reversible, sí existen procesos casi reversibles, o aproximadamente reversibles. En el ejemplo del gas y el émbolo, en realidad no es cierto que cuando comprimimos y descomprimimos el gas yendo grano a grano la altura final del émbolo sea la misma que la inicial, pero sí es casi la misma. En cambio, si lo hacemos poniendo y quitando la piedra, la altura final a la que llegue el émbolo distará mucho de su altura inicial.

            Se trata ahora de dar un salto conceptual e intentar una descripción de los procesos socio-históricos en términos termodinámicos. O, mejor dicho, de algunos aspectos de tales procesos socio-históricos, concretamente en lo tocante a su reversibilidad (o irreversibilidad), a su carácter rupturista (o progresivo) y a su duración en el tiempo.

La hipótesis de partida, de acuerdo con lo anteriormente expuesto sobre sistemas físicos como el del gas y el cilindro, es la siguiente: para que un proceso de cambio social sea verdaderamente drástico en cuanto a rupturista, tendrá que desarrollarse rápidamente, pero será inevitable pagar el precio de que, a la vez, resulte irreversible, tanto más cuanto más rápido y drástico haya sido. Y esto atañe a todas las consecuencias que conlleve el susodicho cambio social: buenas o malas, pero siempre en gran medida imprevisibles.

            Contrariamente, los procesos progresivos y paulatinos podrán ser eventualmente reversibles, con la ventaja que esto supone para que sus actores políticos y sociales tengan la opción de ir evaluando sus consecuencias y tratar de enmendar los puntos débiles en tiempo real, mientras el sistema –esto es: el colectivo social– se va acostumbrando poco a poco a las novedades. Pero el elevado precio que ello implica es que la duración temporal de tales procesos de cambio tenderá a alargarse más y más, y su culminación a postergarse de manera virtualmente indefinida, lo cual muy bien podría, a la postre, acabar malogrando los objetivos genuinos del proyecto.

            La virtud del enfoque que propongo –por lo demás perfectamente cuestionable, bien que no ahondaré en su discusión por ahora– es que permite sopesar con bastante claridad cuáles son los riesgos de cada una de las dos alternativas opuestas: la vía lenta y la vía rápida para hacer la revolución. Y ello en tanto en cuanto permite, a la vez, comprender qué no podrá ser, por más que se quiera, ninguno de ambos extremos, así como tampoco ningún postulable término medio: la posibilidad de una revolución rápida y substancial, cuyos efectos reales no sean drásticos, irreversibles y también imprevisibles –como lo son, en última instancia, los de todo tipo de cambio social–, no es más que un sueño.

            Como es algo que ni existe ni puede existir, pretender creer en ello sería pretender engañarse. En la realidad, una revolución que consiga llevar a cabo grandes cambios en un tiempo corto es un drástico salto sobre el vacío que ya no tendrá marcha atrás, incluso si allí a donde se llegue tras el salto no es a donde habíamos creído o habíamos querido dirigirnos.

Y en cuanto a su opuesto, la revolución “serena y suave”, que se plantee hacer grandes cambios sin emprender acción drástica alguna, y cuyos errores podrían ir siendo revertidos y subsanados sobre la marcha… tampoco es posible en sentido literal, pues duraría un tiempo infinito.

            Por lo tanto, todos aquellos que nos planteamos la necesidad de una revolución haríamos bien en calibrar correctamente nuestros planes atendiendo únicamente a lo que es posible en la realidad, en vez de engañarnos con aquello imposible: un proceso netamente reversible y suave nunca podrá ser, por sí solo, verdaderamente revolucionario (ya que siempre se quedará a medias), y los saltos sobre el vacío que es necesario dar, por tanto, en una verdadera revolución serán siempre drásticos, irreversibles y con efectos que en gran parte no podrán controlarse a priori.

            En algún punto del abanico que así se abre, desde lo rupturista en extremo (pero imprevisible y totalmente irreversible) hasta lo controlable, suave y progresivo (pero siempre inconcluso), estamos obligados a tratar de situar nuestro propio proyecto, ya que toda otra opción se reduce a no existir.
                                                                                           
Pepe Ródenas Borja, 1 de mayo de 2017





[1] Basta suponer que los granos de arena son cubos de 0,3 mm de base, y que tardamos dos segundos en poner cada uno de ellos. Si la piedra completa ocupa un volumen de un tercio de litro (lo mismo que una lata de refrescos), tardaríamos nueve meses y medio en poner todos los granos.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Manifiesto por una Democracia Integral.

Os presentamos el Manifiesto en que recogemos los frutos de nuestro análisis sobre la problemática social humana, seguidos de nuestra propuesta para ponerle remedio.

Tras una declaración de principios, hacemos un diagnóstico del problema y enunciamos las exigencias que, según nuestro parecer, restulta necesario plantear para resolverlo. Finalmente, proponemos líneas de acción directa para avanzar hacia el cambio.

Os animamos a leerlo y a firmarlo, así como a hacernos llegar todas las sugerencias o comentarios que creáis oportunos.

(Para descargarlo en pdf, haced clic en el siguiente enlace: DESCARGAR MANIFIESTO;
para firmarlo, haced clic en el siguiente enlace: FIRMAR MANIFIESTO).

Podéis leerlo a continuación:




Manifiesto por una Democracia Integral.



 

1. PREÁMBULO:

La reflexión sobre cuál es el mejor modelo de sociedad, en tanto que éste resulte justo para la mayor cantidad posible de las personas que la conforman, parece llevar demasiado a menudo a un callejón sin salida. Esto es así, entre otras cosas, porque sería difícil nombrar siquiera un solo caso en que tal justicia social se haya logrado garantizar de forma universal. Y ello a pesar de los muchos intentos que ha habido por conseguirlo, y de sustanciales avances difícilmente cuestionables, como la Declaración de los Derechos Humanos de 1948. La conocida afirmación de Winston Churchill sobre la democracia (según la cual ésta es “el peor de los sistemas políticos, con excepción de todos los demás”) podría tomarse como una constatación, un tanto irónica, de que en el fondo es imposible ir más allá de un modelo mediocre. Por no expresarlo en términos más pesimistas.
Los firmantes del presente Manifiesto pretendemos, sin embargo, desentrañar la clave que permita romper tal barrera y avanzar más allá de ese pesimismo. Para ello, sin renunciar a nuestras diversas convicciones previas respecto al interrogante social, nos vamos a esforzar no tanto en hallar la respuesta perfecta a ese interrogante, sino en crear las condiciones suficientes para que la sociedad construya por sí sola la respuesta. Es decir: buscaremos el modo de establecer un sistema social que, aunque no contenga todavía las cotas óptimas de justicia universal –lo cual, no lo olvidemos, será siempre nuestro objetivo final, legítimo e irrenunciable–, conduzca a que en la sociedad germinen de forma casi espontánea los cambios y mejoras necesarios para alcanzar, finalmente, ese objetivo (sea cual sea su forma concreta).
¿Cómo hacerlo? Fijándonos en un error común, según nuestro parecer, de todos los intentos anteriores por resolver el problema. Y entendiendo que existe una forma de subsanar ese error, y que esta forma conduce automáticamente a las condiciones deseadas, en las cuales es la misma sociedad, como un todo, quien crea y va corrigiendo, paso a paso, el camino de su evolución, hasta alcanzar un sistema final que garantice la justicia para todos.
El error mencionado consiste en no haber considerado apropiadamente la importancia de la libertad humana, en tanto que atributo esencialmente inalienable, así como en no haber comprendido del todo las características e implicaciones de tal atributo.
Sobre esto, una aclaración. Nosotros afirmamos –repitámoslo– que la libertad es inalienable. Sin embargo, eso no quiere decir que no pueda ser reprimida. Lo que quiere decir es, más bien, que el ser humano deja de poder desarrollarse como tal en cuanto tiene lugar esa represión. Pero, además, es necesario añadir otra cosa: sostenemos que no basta con la libertad por sí sola. Para explicarlo con una metáfora, diremos que la libertad se parece a un machete: podemos utilizarlo para cortar unas cañas y construir una casa, pero también para degollar al vecino. Luego no basta, en nuestra opinión, con garantizar que no se reprima la libertad de ningún miembro del colectivo social. Será necesario, también, dotar a cada uno de ellos de la capacidad de utilizar su libertad de forma adecuada, así como de la costumbre de, en efecto, ejercer la condición de “libre”, de manera activa y cotidiana. (El machete tampoco sirve de nada si no lo sacamos nunca de la funda, pudiendo incluso darse el extremo de que lleguemos a olvidar su existencia).
Esta concepción del ser humano, como esencialmente libre, nos conducirá a dar una mayor importancia a la ética que a las regulaciones legales o leyes. Es decir: aunque no renunciemos, al menos a priori, a dar a las leyes un papel decisivo en la ordenación social, creemos que una sociedad regulada por un excelente sistema de leyes fracasará si no existe, a la vez, una ética que las respalde, aceptada y practicada por todos los ciudadanos. Y al contrario: los peores códigos legales pueden llegar a ser, eventualmente, soslayados y corregidos por una sociedad, si en ésta impera una ética superior a su sistema legal.
Finalmente, antes de exponer de manera ordenada el resultado de nuestras reflexiones, así como qué proponemos y qué exigimos a corto y medio plazo para nuestra sociedad, conviene decir una palabra sobre qué entendemos por libertad, el concepto central del cual partiremos. Quede claro, por tanto, que no está entre nuestros objetivos hacer consideraciones de orden metafísico, científico ni religioso sobre el significado profundo del concepto. Antes bien, manejaremos la concepción cotidiana habitual, dándola en principio por correcta: la libertad como la capacidad de elección, sin más. A lo sumo, podríamos solamente añadir: somos libres porque podemos elegir, y podemos elegir contrastando, para hacerlo, nuestra memoria, nuestra razón y nuestras emociones.

Dicho lo cual, pasamos a exponer que los y las firmantes del presente Manifiesto

2. CREEMOS que:

2.1.- El ser humano cuenta con la libertad entre sus atributos esenciales. Para entender las implicaciones de esto, pensemos en lo siguiente: si a una persona se le corta una pierna, no por ello deja de ser una persona, pero coincidiremos en afirmar que se habrá convertido en una persona mutilada. De igual modo, podríamos decir que aunque un ser humano cuya libertad se viera menoscabada no dejaría de ser humano, sí que pasaría a ser, en cierto sentido, un ser humano mutilado, y ello en tanto que se vería privado de la posibilidad de desarrollar uno de sus atributos esenciales.

2.2.- La libertad así entendida es una capacidad consiguiente a la esencia del ser humano, inalienable en el sentido antes señalado, que será usada por cada uno de nosotros de una u otra manera. Cabe añadir, a este respecto, que pese a que con este atributo que llamamos libertad el ser humano sí nace, no sería cierto afirmar que nace con la capacidad de usarlo adecuadamente. La capacidad de usar adecuadamente la libertad, sea lo que sea que eso quiera decir, es algo que necesita ser adquirido a lo largo del proceso de aprendizaje, desde el nacimiento hasta la edad adulta. Es decir: a lo largo de la educación, el ser humano deberá aprender a ser libre.

2.3.- Cualesquiera formas sociales que no provean a todos los individuos, por tanto, de una educación que los prepare apropiadamente para un uso adecuado de su libertad, estarán menoscabando el completo desarrollo de uno de sus atributos esenciales como seres humanos, y estarán, consiguientemente, condenándolos a convertirse en una suerte de seres humanos mutilados.

2.4.- El divorcio sistemático entre la gestión de la cosa pública de una sociedad y el criterio y decisiones de sus integrantes individuales representa un caso flagrante de menoscabo de la libertad del ser humano. Existen dos modalidades de este menoscabo que ocupan extremos opuestos: la prohibición manifiesta de que el ciudadano de a pie acceda al ejercicio de la política, que sería el caso de lo que solemos llamar dictaduras, es la más evidente de las dos. La otra es más sutil, y se sustenta en una ética de la no participación, que a su vez viene apoyada, por un lado, por las leyes que regulan las únicas formas permitidas de participación –a saber: la muy esporádica elección de representantes en las instituciones–, y gestada y blindada, por otro, por un sistema educativo que no prepara para la participación, sino que apuntala el precepto de que la política en lo cotidiano sólo es y sólo puede ser cosa de unos pocos (bajo argumentos de supuesto pragmatismo). Esta segunda modalidad constituye lo que se suele llamar, en la actualidad, democracia, y conduce a que la mayoría de los ciudadanos incurra en la no asunción, a veces jactanciosa, de las responsabilidades colectivas, lo cual se hace patente en típicas frases como: “los políticos son todos unos ladrones”, o también: “yo les pago para que hagan su trabajo, a ver si lo hacen bien de una vez…”.

3. DECLARAMOS, a partir de ello, que:

            3.1.- No es posible concebir un modo de organización social justo e igualitario, que no adolezca de los graves defectos en que incurren los que hasta ahora han existido, sin que incluya entre sus axiomas, necesariamente, el presupuesto ético, universal e incuestionable, de que la única forma normal de realizarse como ciudadano en el colectivo social pasa por ejercer una participación cotidiana y responsable en la gestión de la cosa pública. Es decir: que el único ser humano social genuino es el ser humano político.

3.2.- Asimismo, para que el mencionado presupuesto ético universal no se quede, tan sólo, en un mero espejismo –como sucede con ciertos artículos en las constituciones de los estados modernos–, sino que se pueda desarrollar razonablemente en la realidad, es necesario que todos y cada uno de los integrantes de la sociedad dispongan del tiempo y las vías necesarias para ejercer la susodicha participación política de manera, como se ha dicho, cotidiana y responsable.

3.3.- Pero el hecho de que los integrantes de la sociedad dispongan, de acuerdo al punto anterior, del tiempo y las vías necesarias no basta por sí solo. Será necesario, además, que el sistema educativo garantice a todos los ciudadanos las competencias necesarias para poder llevar a cabo la participación política cotidiana y responsable, así como que genere en ellos la convicción de que el único ser humano social genuino es aquél que ejerce tal participación.

3.4.- Es cierto que la satisfacción simultánea de los tres puntos anteriores no tiene por qué significar, inmediatamente, la resolución del problema de la justicia social universal. Ahora bien, somos conscientes de que la resolución de tal problema es algo que parece siempre haber escapado a su simple tratamiento por la vía teórica. Aún no sabemos con exactitud cuáles son las características detalladas de un ordenamiento social ideal. No obstante, lo que sí que afirmamos es que la satisfacción de los tres puntos anteriores conduce a un estado de la sociedad en el cual ésta, por sí misma, es capaz de producir los siguientes pasos más adecuados en el camino, así como las enmiendas necesarias para subsanar las eventuales y esperables desviaciones. Por lo tanto, pasa a ser el objetivo subsiguiente e irrenunciable la satisfacción simultánea de estos tres puntos, para lo cual

4. EXIGIMOS que:

4.1.- Se proceda a la implantación de una jornada laboral siguiendo el modelo “cuatro uno dos, veintiocho cinco” (4-1-2, 28/5). Los primeros tres números hacen referencia a la distribución de los días de la semana, a saber: cuatro días  de trabajo (de lunes a jueves), un día de obligada participación en política (los viernes) y dos días para descansar (sábado y domingo). Los últimos dos números se refieren al número de horas: un máximo de 28 horas de trabajo a la semana, y un horario estándar de 9:00 a 14:00 para la actividad política de los viernes (es decir: cinco horas). Sólo así se generarían las condiciones adecuadas que permitieran la necesaria participación, cotidiana y responsable, en la gestión de la cosa pública por parte de todos los integrantes adultos de la sociedad. Por supuesto, dependiendo de la naturaleza del trabajo de cada cual, se flexibilizaría la ubicación del día destinado a la participación política de la manera que fuera más oportuna. Esta participación tendría, en aquellos ciudadanos que no fueran políticos profesionales, diferentes fases: desde la lectura y discusión de noticias de actualidad, y eventual elaboración de informes o resoluciones a posteriori, hasta el tratamiento de asuntos comunitarios a distintos niveles (asambleas de barrio, comisiones específicas, comités comarcales; etc.); desde la elección de representantes, coordinadores o delegados, hasta la toma de decisiones en asuntos locales; desde votaciones vinculantes, a mano alzada y con urnas, hasta votaciones consultivas, por ejemplo vía voto electrónico. En este modelo, se entiende que el ciudadano desempeña un servicio a la Comunidad durante sus cinco horas semanales de actividad política, comparable al hecho de pagar como impuestos una parte de su sueldo. Por lo tanto, la fórmula 28/5 podría resumirse como una jornada laboral completa de treinta y tres horas, de las cuales veintiocho serían de trabajo específico, y las cinco restantes de servicio político a la Comunidad.

4.2.- Se proceda a la transformación del sistema educativo para que incorpore la competencia transversal de Participación Democrática, considerándola preeminente, y garantizando los medios para que el alumnado desarrolle la conciencia necesaria para hacerla efectiva a todos los niveles. Ello significa, por supuesto, que el alumnado deberá adquirir una formación sólida en el conocimiento de distintos sistemas democráticos y electorales, así como familiarizarse con el análisis y la crítica de hechos de la actualidad política y social. Pero, más allá de esto, será incluso más importante que la carga horaria lectiva escolar contemple, en proporción similar a la especificada en 4.1 para las actividades políticas de los adultos, una serie de actividades interdisciplinares en las que prime el trabajo de los alumnos en grupos organizados, la gestión de los cuales sea de tipo democrático –tanto intra-grupal como inter-grupal–, y les sean propuestas tareas de índole eminentemente práctica en las cuales se incentive la participación e iniciativa personal y se evidencien y potencien las características más relevantes de los colectivos que funcionan de manera eficiente e igualitaria, tales como la organización, el respeto, la crítica y la disciplina. Este tipo de actividades podrán variar atendiendo a la edad y circunstancias del alumnado; he aquí algunos posibles ejemplos: el cultivo y mantenimiento de huertos; la gestión, de manera rotativa, de los menús, el comedor y la cocina del centro, así como la preparación de las correspondientes comidas; el cuidado y limpieza de las aulas y los cuartos de baño del centro de manera rotativa; el cuidado y limpieza/lavado de las instalaciones y ropa deportivas del centro de manera rotativa; la elaboración de revistas, páginas web, blogs o programas de radio escolares; la simulación/teatralización de debates parlamentarios con elementos de role-playing, e incluso contando con la participación ocasional de políticos profesionales como invitados; la realización de estudios sobre temas de interés social local, con posterior análisis estadístico y crítico, así como la realización de informes, propuestas y debates, y la exposición de conclusiones; la preparación e implementación, por parte de los alumnos, de materiales didácticos y sesiones de aula que desarrollen unidades didácticas de las asignaturas ordinarias, así como de materiales de evaluación grupal o individual (como, por ejemplo, mediante la preparación de las tarjetas de un juego de “trívial” que se jugará por equipos, o el redactado de colecciones de problemas resueltos a partir de los cuales se hará un examen). En suma, todo aquello que permita que el alumno aprenda a organizarse y actuar de manera colectiva y participativa para la gestión de asuntos de interés comunitario, aprenda a valorar este tipo de actividad y se acostumbre a considerarlo imprescindible en su futura vida de adulto. Pues es ésta la única manera de conseguir que germine, florezca y sea perdurable el presupuesto ético universal de que el ser humano social genuino es un ser humano político, lo cual es pilar de una sociedad justa e igualitaria.

4.3.- Se destinen al sistema educativo los recursos necesarios para que en sus etapas obligatorias no se supere, en ningún caso, un máximo de quince alumnos por aula. Esta exigencia se fundamenta en ser un requisito imprescindible para que el planteamiento del punto anterior se pueda llevar a la práctica. Esto es así, principalmente, por dos motivos. El primero de ellos es que, a mayor número de alumnos por grupo, menor será el margen para la iniciativa individual que el docente podrá dar a sus alumnos, ya que tendrá que velar por el mantenimiento de la disciplina y el clima de trabajo en el aula. El segundo motivo consiste en que una práctica educativa como la planteada en 4.2, en que la iniciativa y participación de cada alumno tienen un papel central, conduce a una diversificación de las actividades que los alumnos realizan, simultáneamente, en el aula, y ello requerirá, por tanto, de una atención por parte del docente mucho más individualizada, que no será posible ofrecer si el número de alumnos a su cargo no es razonablemente pequeño.

Y con la mirada puesta en la consecución de estas tres exigencias,

5. PROPONEMOS las siguientes líneas de acción inmediata:

5.1.- Expresar la reivindicación de los puntos 4.1, 4.2 y 4.3, así como  tratar de materializarlos en la realidad, desde: la movilización ciudadana en las calles; la acción en partidos políticos; la lucha sindical; las organizaciones, asociaciones y plataformas ciudadanas, estudiantiles y vecinales; los consejos escolares, equipos directivos, claustros de profesores y AMPAs; las instituciones locales, regionales y estatales; los medios de comunicación escritos, tanto impresos como electrónicos, y también los audiovisuales; la difusión personal de las reivindicaciones –desde el simple boca en boca hasta el uso de blogs–; el contacto con habitantes de las demás regiones del mundo, acompañado de la traducción de los correspondientes documentos, empezando por este Manifiesto.

5.2.- Dentro del colectivo de los docentes, el establecimiento de redes de profesores y maestros que traten de introducir, en su práctica profesional cotidiana, elementos que avancen en la dirección indicada en el punto 4.2, y que se comuniquen y organicen entre ellos para que las ideas y experiencias de cada cual enriquezcan a toda la red. En este sentido, el uso de métodos telemáticos para coordinarse y compartir información y resultados del trabajo se muestra muy indicado: chats, foros, blogs, creación de páginas web, uso de documentos compartidos, trabajo en la nube, etc. Asimismo, también será fundamental la elaboración de documentos o manuales prácticos –bajo licencia de Creative Commons que permita su uso y distribución gratuitos– que recojan las líneas clave de las experiencias didácticas que se hayan mostrado exitosas en su implementación, para que puedan ser fácilmente conocidas, reproducidas y mejoradas por otros docentes de la red.

5.3.- Dentro de las familias, el compromiso de dar una educación a los hijos que sea acorde con el principio ético expresado en el punto 3.1 (cuyo contenido era la necesidad de la participación universal ciudadana, cotidiana y responsable, bajo el supuesto de que “el único ser humano social genuino es el ser humano político”).

6. CONCLUIMOS, en definitiva, que:

Desde nuestro punto de vista, que entiende al ser humano como un ser esencialmente libre, tan equivocados son los sistemas sociales dictatoriales, que reprimen la libertad, como los sistemas falsamente democráticos en que impera la ética de la no participación, los cuales adiestran a sus ciudadanos –poco menos que los hipnotizan– en no saber y no querer utilizar su libertad.
Nosotros nos negamos a considerar esa despolitización de la sociedad como la realización auténtica de ningún ideal democrático de igualdad o justicia, y afirmamos que es necesario salir de ella cuanto antes, lo cual sólo será posible construyendo desde un nuevo principio ético: el de la participación universal, cotidiana y responsable en la gestión de la cosa pública.
Y este principio ético se cristaliza en dos necesidades: por un lado, que existan las condiciones para que los ciudadanos adultos puedan, en efecto, desempeñar la mencionada participación (y estas condiciones se resumen en la jornada laboral 4-1-2, 28/5). Por otro, en que el sistema educativo incorpore y dé preeminencia a la competencia transversal de Participación Democrática, para que así, cuando los jóvenes de hoy sean, mañana, adultos, no sólo puedan, sino que sepan y quieran ejercer tal participación.
Y sólo cuando se hayan satisfecho estos requisitos consideraremos que el sistema está en condiciones de llamarse democrático en un sentido integral, pues los miembros de la sociedad no sólo serán libres, sino que querrán ser libres y sabrán ser libres, y ello impregnará la mayor parte de las vidas de todos ellos.
Así pues, sin que esta Democracia Integral, que desde ya exigimos, sea en sí misma la solución a los problemas concretos de la actual sociedad –pues notemos que no estamos especificando muchos detalles de la morfología del sistema social; que ni siquiera, de hecho, estamos concretando qué instancias de la política deberán conservar elementos parlamentario-representativos, y cuáles tendrán que incorporar características asamblearias, más propias de la participación directa–, lo que sí es cierto es que sólo desde ella, desde un conjunto de seres libres que puedan, quieran y sepan ser libres, el colectivo social podrá hallar por sí mismo soluciones adecuadas para tales problemas.

Por lo tanto, acabamos este Manifiesto exhortando a todo aquél que lo lea a que se una a nosotros en nuestros esfuerzos y reivindicaciones para escapar del engaño de la falsa democracia actual, convencidos, como lo estamos, de que sólo puede haber tres motivos para no prestar el apoyo que merece nuestro proyecto: no haber reflexionado lo suficiente sobre ello, lo cual se soluciona volviendo con la mente clara y serena sobre este texto; la inercia y la molicie, muy humanas pero muy lamentables; o temer, por último, que nuestro éxito sea el fracaso propio, por estar beneficiándose del sistema actual, que se fundamenta en mutilar la libertad de la mayor parte de la ciudadanía.

En consecuencia, y sin titubear, plantemos la semilla del cambio necesario: unámonos para aprender a ser libres.

                      Barcelona, 11 de noviembre de 2016.



                  Vicente Abella
                  Jose Cuenca
                  Carlos Ródenas Borja
                  Pepe Ródenas Borja